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Melancolía. László F. Földényi

 


[…]
Hemos de recurrir a conceptos para hablar de algo que se enfrenta a los conceptos hasta hacerlos inalcanzables como espejismos. Buscamos ayuda en la gramática de las palabras y en el sonido de las frases, pero éstas, intentan tematizar y hacer claro y comprensible algo que las precede. La lengua es sonora, pero tarde o temprano ha de callar: también es hija del silencio. Las palabras dicen menos de lo que querríamos expresar con ellas. Nos desorientan, apartan nuestros pensamientos de sus metas iniciales, hasta tal punto que nosotros mismos nos sorprendemos mientras hablamos: queríamos decir otra cosa, no aquello que las palabras, la entonación y las estructuras lingüísticas hacen creer. La palabra dice menos de lo que queremos comunicar; pero el hecho de que los malentendidos nunca puedan desterrarse de la vida nos enseñan que no se trata de una mera imperfección técnica, sino de la paradoja más propia de la lengua y de la comunicación: las palabras revelan poco porque contienen demasiado. No importa qué digamos y de qué hablemos, nuestras palabras no transmiten sólo lo que deseamos comunicar. Sus honduras albergan otro indecible mundo que también les da vida. De este otro mundo podemos decir algo, claro está..., pero con ello no lo agotamos, sino que tan sólo corremos sus fronteras, ampliando así un horizonte siempre inalcanzable. Todo esto no reduce ni un ápice la importancia de las palabras, de los conceptos, del habla en general; pero la palabra, para alcanzar verdadero significado y significancia, ha de ser consciente de su servidumbre y comunicar también su fragilidad.
[…]

 

De Melancolía
(Editorial Galaxia Gutemberg, Barcelona 2008)
 

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